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21-06-2026·Por Erik Naiman·Fuente: Canal de YouTube HUGS.FUND

Ucrania: escenarios de futuro

¿Volver a Ucrania? El pronóstico real de la economía del que no se habla

Autor: Erik Naiman, visionario ucraniano de inversión y analista financiero

Canal de YouTube HUGS.FUND

La economía funambulista: guerra, demografía e impuestos

El primer semestre de 2026 está llegando a su fin. El Ministerio de Finanzas de Ucrania ha publicado una nueva resolución presupuestaria: el plan para 2027-2029. Eso significa que hay mucho de qué hablar: los principales pilares sobre los que se sostiene hoy la economía ucraniana, de qué depende, y qué significa todo esto para las inversiones, los ahorros y, para muchos, una pregunta muy personal: ¿hay que volver a Ucrania o todavía es pronto?

El año 2027 ya no lo está planificando solo el Ministerio de Finanzas. También nosotros, las empresas y la gente común tenemos que empezar a mirar hacia 2027. Por eso, precisamente ahora, como dice el refrán, hay que guardar pan para mayo y leña para abril, y entender sobre qué ocho pilares se sostiene la economía de Ucrania.

Para empezar, imaginemos un país en el que las tarjetas bancarias siguen funcionando incluso en plena guerra; donde la moneda nacional no se ha desplomado; donde los empleados públicos cobran sus salarios, los pensionistas reciben sus pensiones y los bancos siguen operando. El Fondo Monetario Internacional lo expresa con más precisión en su comunicado: «La estabilidad macroeconómica se ha mantenido, en líneas generales», pese a la guerra de Rusia y las perturbaciones relacionadas.

Ahora, en verano, hay electricidad. Pero hace solo medio año, en invierno, Kyiv pasaba hasta nueve horas al día sin luz. Los ascensores no funcionaban. Los niños hacían los deberes con baterías externas y acumuladores. Los cafés no calculaban los ingresos, sino cuánto diésel habían gastado simplemente para existir. Muchos pequeños restaurantes cerraron, sobre todo los que dependían de congeladores, por ejemplo los restaurantes de pescado. Las fábricas no trabajaban por turnos, sino por «ventanas»: cuando había electricidad. Y los trabajadores del sector energético ya advierten de que el próximo invierno puede ser todavía más difícil.

Así se ve la economía de Ucrania: por fuera, estabilidad; pero una estabilidad frágil, en parte estacional. Parece un funambulista caminando sobre un abismo. La pregunta principal no es si la economía se derrumbará mañana. La pregunta principal es quién sostiene esa cuerda y quién paga todo esto.

Hechos, sin emociones

En 2024, la economía ucraniana creció un 3,2% en términos reales. Después del primer año de guerra, aquello parecía casi un milagro. Pero eso fue 2024. En 2025, el crecimiento se desaceleró hasta el 2%. Hace unos días, el FMI rebajó su previsión de crecimiento del PIB de Ucrania para 2026 hasta el 1,6%. La formulación del Fondo fue directa: consecuencias de la guerra más ataques al sector energético. También podemos añadir los ataques contra la logística.

Aquí es fácil dejarse engañar por la palabra «estable». Pero, en este caso, la estabilidad no es un estado saludable. Un crecimiento del 1-2% para un país que necesita reconstruir tantísimas cosas no es un milagro económico. Es la respiración regular de un paciente conectado a una máquina.

La economía aguanta. A mí me gusta ir a los restaurantes de Kyiv: algunos han cerrado, pero se abren otros nuevos. A unos negocios les va mal, a otros les va bien. En conjunto, la economía no se ha derrumbado. Pero no se sostiene sola: se sostiene sobre apoyo externo. Crece la parte militar de la economía. Y es importante entender algo: si el PIB del país crece un 1-2%, y ese crecimiento procede sobre todo de la parte militar de la economía, eso significa que la economía civil está en caída. Esta es la diferencia característica respecto a un tiempo de paz normal.

El Banco Mundial, la Comisión Europea y la ONU han calculado conjuntamente que para reconstruir Ucrania harán falta alrededor de 588.000 millones de dólares en 10 años. Es casi tres veces el PIB anual del país. Esta cifra nos servirá más adelante, porque de dónde saldrá ese dinero y hacia dónde irá determinará en gran medida si tiene sentido volver a Ucrania o no.

En mi opinión, Ucrania como país es uno de los mejores países del planeta. Pero el vecino del norte no va a desaparecer. La Unión Europea no va a desaparecer. Y el sistema ucraniano, al parecer, tampoco va a desaparecer.

Entonces, ¿quién sostiene ahora a nuestro funambulista? ¿Quién paga para que la cuerda no se rompa? Paga el mundo exterior. Pagan los contribuyentes. Pagan las empresas: con generadores, tarifas eléctricas más altas e impuestos más altos. Pagan las familias: con emigración y con salud, porque soportar el quinto año de guerra ya está destruyendo la salud de muchos. Nuestro estado psicoemocional depende de si dormimos por la noche o no; de cómo comemos; de si pensamos en cómo ganaremos dinero, dónde viviremos y si por la noche volverá a llegar un Shahed o un misil. También pagan las generaciones futuras: con deuda. Las deudas crecen.

Veamos ahora las ocho fuerzas macroeconómicas sobre las que se sostiene la economía de Ucrania y que influyen en ella.

1. La guerra como fuerza de gravedad

La guerra es una fuerza de gravedad, una gravedad que deforma todo lo demás. En realidad, no es el factor más importante de todos, pero llegaremos a eso más adelante.

El 10 de junio, la Rada Suprema (el parlamento de Ucrania) aprobó modificaciones al presupuesto: el gasto en defensa y seguridad se elevó hasta 4,4 billones de grivnas. Eso son casi 100.000 millones de dólares. Y hay un detalle que explica casi todo lo demás: el gasto de Ucrania en seguridad y defensa es superior a todos los ingresos del presupuesto estatal. Si se suman todos los impuestos, tasas y pagos aduaneros, aun así no alcanza para financiar la guerra y la seguridad. El Estado recauda unos 71.000 millones de dólares y gasta casi 100.000 millones.

La primera respuesta a la pregunta «¿quién paga?» es el crédito de la Unión Europea por 90.000 millones de euros, garantizado con activos rusos congelados. Hoy es una fuente clave del presupuesto militar y de la economía de guerra. Dicho de forma simple, Ucrania está combatiendo en gran medida con dinero que Europa espera descontar después de las reparaciones rusas.

Pero Europa también actúa en función de sus propios intereses. No es simplemente «su dinero»: es un cálculo para usar el dinero de Rusia. La pregunta es si Rusia aceptará y cómo avanzarán las negociaciones. A nosotros no nos preocupa tanto el mecanismo abstracto, sino una pregunta sencilla: ¿quién pagará a Ucrania?

Ahora, por ejemplo, en torno a Irán se discute que alguien podría pagar 300.000 millones de dólares para reconstruir la economía iraní. Perdón, pero allí prácticamente no hubo guerra: dos o tres meses de bombardeos, y ya aparecen 300.000 millones. Ucrania lleva cinco años de guerra y la cifra es de solo 588.000 millones. ¿De verdad esa es la cifra correcta? ¿Y quién la pagará? Quién pague a Irán nos preocupa menos. Lo que nos importa es quién pagará a Ucrania.

¿Qué pasa si mañana se declara un alto el fuego? Para las personas, por supuesto, sería un alivio. Terminarían esas noches en el metro o simplemente en la cama esperando si esta vez el misil caerá aquí o pasará de largo. Pero para el presupuesto, el fin de la guerra significaría reestructuración. Para muchas fábricas, posiblemente un cambio de cliente. Para quienes se fueron, la pregunta que muchos ya se hacen hoy: ¿volver o ya es tarde? ¿O todavía es pronto?

Para los inversores en la economía militar y en MilTech, la pregunta es otra: ¿son reales las garantías estatales de compra de productos militares? ¿Se pagarán en el futuro, cuando termine la guerra, o se quedarán en papel? Para muchas empresas de MilTech, esto es una cuestión de vida o muerte. Mientras hay guerra, estás vivo. Si la guerra termina, ¿qué ocurre después? Precisamente eso frena a muchos inversores: no entienden qué pasará después de la firma de una paz o de una tregua.

Una tregua no es un botón que hace que todo esté bien. Para la gente común, puede ser algo bueno. Pero para muchos sectores de la economía, las cosas pueden empeorar. En realidad, es un interruptor: empieza una nueva economía. Antes de 2022, antes de la invasión a gran escala, existía una economía más o menos de paz, aunque ya existía la tasa militar y la guerra en el este continuaba. Ahora tenemos una economía de guerra. Después de una tregua o de la paz habrá una tercera economía. Después de militarizar una economía, esta no vuelve atrás por sí sola. Ese proceso debe gestionarse, de lo contrario empezará una turbulencia económica.

En 2026 ya hubo breves treguas: en Pascua y entre el 9 y el 11 de mayo. Pero fueron pausas humanitarias, no paz. Los combates continúan y seguimos viviendo en condiciones de «guerra más negociaciones vivas». Esto añade incertidumbre. Si nos dijeran: «la guerra durará exactamente otros 20 años», estaría claro que habría que reconstruir la vida y los negocios bajo esa premisa. Pero cuando se dice «quizá paz, quizá guerra», planificar es mucho más difícil. Esa incertidumbre pesa sobre cualquier plan económico más que la propia guerra.

Hay una industria que el jefe del Estado ha calificado como la mayor del país en términos de dinero de guerra. Esa misma industria es también la más frágil. Por qué lo más grande y lo más frágil son lo mismo lo veremos al final. Hablamos, por supuesto, de MilTech.

¿Qué significa esto para nosotros? Si nosotros o nuestro negocio dependemos de pedidos de defensa o de demanda militar, no dependemos del mercado. Dependemos de que la guerra continúe. Por desgracia, para quienes ganan dinero con la guerra, el fin de la guerra será una mala noticia.

2. El embudo demográfico

La demografía, en mi opinión, es hoy la mayor amenaza después del sistema. Yo pondría en primer lugar los problemas del sistema ucraniano; en segundo lugar, la demografía; y en tercero, la guerra.

Antes de la guerra, en Ucrania vivían unos 41 millones de personas. Al mismo tiempo, los censos nacionales se aplazaban una y otra vez, aunque Ucrania estaba obligada a hacer un censo al menos una vez cada 10 años. El último censo de población se realizó el 5 de diciembre de 2001, hace casi 25 años. ¿Cómo se pudo gobernar un país sin saber cuánta gente vive en él? Esta pregunta va dirigida a todos los gobiernos ucranianos desde aproximadamente 2011. El siguiente censo debió hacerse en 2011 y luego en 2021. No es un problema de un solo presidente, sino de varios.

Hoy las estimaciones varían. El FMI habla de 33 millones de personas en el territorio controlado por el gobierno. Otros investigadores hablan de 28-30 millones. Hay estimaciones incluso de alrededor de 25 millones, calculadas por consumo, por ejemplo por cuánto come la gente. Una diferencia de millones de personas ya es un diagnóstico del sistema. El país no sabe realmente cuánta gente vive en él. Y tal vez las autoridades tampoco quieran saberlo: cuántas inscripciones infladas hay, cuántos votantes, cuántos pensionistas. El censo no dejó de hacerse por casualidad. La razón no fue el dinero. Fue el sistema.

¿Cuántas personas en el país pueden trabajar? ¿Cuántas pueden pagar impuestos? ¿Cuántas pueden consumir? ¿Cuál es la estructura sociodemográfica? ¿Cuánta vivienda hay que construir? ¿Qué incentivos económicos y fiscales hacen falta? ¿Cuántas personas pueden ser movilizadas? Nadie lo sabe con precisión. Es caos.

Para cualquier Estado, la gente es el activo más valioso. Se pueden hacer excepciones con Arabia Saudí o Rusia, pero para la mayoría de países es así. Imaginemos a un director general que dirige una empresa sin saber cuántos activos tiene ni qué está pasando con ellos. Así vivíamos.

A esto se suma la migración. En el extranjero hay entre 5,5 y 6 millones de refugiados ucranianos, principalmente mujeres y niños. Además hay unos 3,7 millones de desplazados internos. Casi 10 millones de personas se vieron obligadas por la guerra a cambiar su lugar de residencia permanente. Uno de cada cuatro, quizá uno de cada tres. Imaginen el equivalente en Estados Unidos: unos 100 millones de personas moviéndose de un lugar a otro.

Añadamos las pérdidas militares y civiles. Y un tercer flujo, el más doloroso: la natalidad. En 2025 murieron en Ucrania unas 485.000 personas, y no son muertes militares, sino mortalidad civil. Hoy, por cada nacimiento hay aproximadamente tres muertes. La natalidad es de alrededor de 0,7 hijos por mujer. Es uno de los niveles más bajos jamás registrados en el mundo. Esto no es una desaceleración ni estabilidad. Es un embudo creciente de crisis demográfica.

Sí, 25 millones de personas tampoco es poco. Sigue siendo uno de los países grandes de Europa. Pero en 1991 había 51 millones, antes de la guerra a gran escala alrededor de 41 millones, ahora unos 30 millones o menos. ¿Y después qué? ¿20? ¿10?

La demografía produce la siguiente cifra: la relación entre contribuyentes trabajadores y pensionistas en Ucrania se acerca a uno a uno. Un trabajador por un pensionista. Ningún sistema de pensiones del mundo puede soportar eso. De ahí una conclusión simple y dura: la pensión pública en Ucrania está estructuralmente debilitada.

¿Por qué las pensiones en Ucrania son tan bajas? No porque la gente evada impuestos. Sino porque en Ucrania hay pocos trabajadores. Y la situación no mejorará: cada vez hay menos personas trabajando y más personas a las que mantener. Está el ejército, están los funcionarios, los niños, los pensionistas. En la práctica, hoy una persona trabajadora mantiene no solo a sí misma, sino también a otros dependientes, así como a quienes defienden, enseñan y curan.

Esta demografía empuja automáticamente a las autoridades a subir impuestos. No es teoría, es un agujero presupuestario concreto. En Ucrania hay unos 10 millones de pensionistas. Los pagos ascienden a unos 800.000 millones de grivnas al año. La pensión media es de unas 6.500 grivnas al mes, alrededor de 140 dólares. Las cotizaciones propias del Fondo de Pensiones no alcanzan. El agujero lo cubre el presupuesto, es decir, los contribuyentes: unos 350.000 millones de grivnas al año. Eso es casi el 15% de todo el gasto público.

Otro tema doloroso es la justicia dentro del sistema de pensiones. Más de la mitad de los pensionistas recibe menos de 5.000 grivnas al mes. Es algo más de 100 dólares y menos de 100 euros en un país cuyos precios tienden hacia niveles europeos. Vivir con 100 euros al mes son unos 3 euros al día. Hoy el umbral extremo de pobreza está en torno a los 2 dólares diarios. A los pensionistas ucranianos o los ayudan sus hijos, o intentan sobrevivir de alguna manera, o simplemente no lo resisten.

Cuando el Estado no puede hacerse cargo de los pensionistas, alguien más asume esa responsabilidad. Eso también es un impuesto oculto: el Estado traslada sus deberes y problemas a los ciudadanos.

Pero además hay una capa privilegiada de pensionistas: unas 600.000 personas reciben pensiones especiales — jueces, fiscales, fuerzas de seguridad, funcionarios. Sus pagos son varias veces más altos. El Estado introdujo un límite de 10 mínimos de subsistencia, pero entre los pensionistas comunes queda la sensación de injusticia. Unos sobreviven con 5.000 grivnas al mes; otros reciben varias veces más del mismo fondo deficitario.

Los jóvenes miran esto, sobre todo los que se fueron, y piensan: «¿Voy a trabajar aquí para después no recibir nada del fondo de pensiones?». Los jóvenes se van. Se propone sustituir manos y cerebros con migrantes de países pobres de Asia, pero en mi opinión ese intercambio es claramente desigual, sobre todo por la diferencia de código cultural.

La demografía no es una línea separada en la lista de problemas. Es un multiplicador que agrava todos los demás. Ya mencioné el problema fiscal, pero también es un problema macroeconómico: ¿quién comprará la vivienda que se construye? ¿Quién irá a la guardería? ¿Quién irá luego a la escuela y a la universidad? La educación superior en Ucrania se degrada y se reduce, entre otras cosas porque no hay estudiantes extranjeros y hay menos estudiantes nacionales, que formaban la base.

Cada familia que se va es un menos en la base fiscal. La futura relación entre trabajadores, pensionistas y dependientes empeora. La tendencia va en una sola dirección. Hagan lo que hagan las autoridades, los incentivos a la natalidad ya no detendrán el proceso. En el mejor de los casos, se podrá estabilizar la situación dentro de unos 20 años.

Antes Ucrania tenía exceso de mano de obra. La gente iba al extranjero a trabajar porque en casa no había suficiente trabajo. Ahora ocurre lo contrario: Ucrania tiene una escasez aguda de personal. El 74% de las empresas habla de falta de trabajadores. Casi todos se ven obligados a subir salarios.

Además de la guerra, Ucrania ha contraído una enfermedad de la economía mundial: el modelo en K. Una línea sube, otra baja. En Estados Unidos sube la inteligencia artificial. En Ucrania suben las tecnologías militares, MilTech, aunque con importantes salvedades. Hacia abajo tiran todos los negocios donde el salario representa una gran parte de los costes: con escasez de mano de obra y trabajo caro, esos negocios tienen cada vez más difícil sobrevivir. Sumemos además la movilización de hombres en edad militar.

La demografía está reescribiendo silenciosamente quién gana y quién pierde en el país. Con una relación de uno a uno, la pensión pública es una esperanza, salvo que uno entre en algún servicio público donde hoy se garantizan pensiones altas. Pero las garantías de hoy no son garantías para el futuro. Por eso el capital personal para la jubilación deja de ser un lujo y se convierte en necesidad.

3. Las tijeras fiscales

El siguiente bloque son las tijeras fiscales. Una de las razones es la demografía: menos personas, más gente que mantener. ¿Cómo cuadra sus cuentas el Estado? Funcionan unas tijeras: dos movimientos a la vez, y ambos nos golpean.

La primera hoja es el aumento de tipos impositivos. Desde diciembre de 2024, la tasa militar para civiles subió del 1,5% al 5%. Si se suma al impuesto básico sobre la renta del 18%, el tipo efectivo ya es del 23%. Es una extracción directa de salarios e ingresos personales sujetos a tributación.

El segundo movimiento es que los impuestos han llegado en serio y por mucho tiempo. En abril de 2026, la Rada Suprema prorrogó la tasa militar durante tres años más después del fin de la ley marcial. Al principio este impuesto se introdujo como temporal. Ahora se ha integrado en el sistema al menos hasta mediados de la próxima década, para que el presupuesto reciba otros 140.000 millones de grivnas al año. Para el presupuesto es +140.000 millones; para nuestros bolsillos, -140.000 millones.

La tasa temporal se convirtió en un puente hacia la economía de posguerra. El ejemplo de Chipre lo demuestra: allí también se introdujo como una tasa temporal, y sigue existiendo. Hace décadas que no hay guerra, pero la gente sigue pagando esa tasa militar. No hay nada más permanente que lo temporal. No me sorprendería que esta tasa militar se quedara con nosotros durante una década.

Al mismo tiempo, se amplía la base fiscal. Según las últimas propuestas presupuestarias del Ministerio de Finanzas, el Estado no toca los tipos básicos: impuesto sobre la renta de las personas físicas, 18%; impuesto sobre beneficios empresariales, 18%; IVA, 20%; tasa militar, 5%. Pero la carga aumenta no de frente, sino punto por punto.

Ingresos a través de plataformas digitales: trabajas en Uber, pagas; en Bolt, pagas; vendiste algo en OLX, pagas. Se prevé gravar estos ingresos a una tasa «preferente» del 10% en lugar del 23% habitual. Según las reglas de la UE, se elimina la exención para paquetes internacionales de menos de 150 euros. Se prepara el IVA obligatorio para contribuyentes simplificados con facturación superior a 4 millones de grivnas. Los impuestos especiales sobre tabaco y combustible se acercan gradualmente al nivel de la Unión Europea. La integración europea llega al precio del cigarrillo y del litro de gasolina: la integración plena aún está lejos, pero los impuestos ya están aquí.

El Estado mira en cada rendija por donde antes el dinero pasaba de largo junto a la tesorería. La lógica es clara: hay que encontrar ingresos en alguna parte. Pero aquí está la trampa. Seguir apretando las tuercas implica el riesgo de no recaudar más, sino de empujar la economía a la sombra. Paga quien ya trabaja de forma declarada. Quien está en la zona gris se esconderá aún más.

Esto no es simplemente una subida de impuestos. Es fiscalización sobre una base que se estrecha: se presiona más fuerte sobre una superficie cada vez menor. En algún punto, algo puede romperse.

Es revelador lo ocurrido con los bancos. El impuesto sobre beneficios se elevó al 50%. El propio Banco Nacional advierte de que esto golpea el atractivo inversor del sector bancario. Claro que existe una cuestión de justicia. El sector bancario hace tiempo que dejó de ser competitivo y los bancos ucranianos hoy obtienen beneficios extraordinarios. Por eso el impuesto del 50% puede discutirse. Unos lo consideran justo, otros injusto; se entiende quién está a cada lado de la barricada. Pero esa lógica de injusticia se extenderá cada vez más.

En otra propuesta, el Ministerio de Finanzas sugirió prorrogar el impuesto del 50% sobre los beneficios bancarios para 2027. El comité fiscal lo apoyó. A partir de 2028 se prevé volver al 25%. Tal vez. Pero cuando el Estado tiene un martillo en la mano, todo empieza a parecer un clavo. Recordemos esta costumbre estatal: volverá en el bloque sobre drones y MilTech.

Recordemos la regla de Laffer: a partir de cierto punto, subir los tipos impositivos no aporta más dinero, sino que simplemente destruye la base fiscal. Lo mostraron los ejemplos de Suecia en 1984-1991, Francia en 2012-2014, Reino Unido en 2010-2013 y Estados Unidos en 1990-1993: distintos gobiernos experimentaron con subidas de impuestos sobre ámbitos específicos y acabaron recaudando menos.

En Ucrania, la carga real sobre una grivna de salario se ve así. El contribuyente paga el 23%: 18% más 5%. El empleador paga además una contribución social única del 22%. En total, alrededor del 37% del coste total del trabajo antes de que la persona compre nada. Después, al gastar el dinero, paga IVA del 20%, impuestos especiales sobre tabaco, alcohol y gasolina. Añadamos el impuesto oculto de la inflación de dos dígitos, que devalúa salarios y ahorros. Al final, se acumula claramente más del 50%.

Para simplemente mantenerse en el mismo lugar, hay que ganar cada vez más. El problema del presupuesto ucraniano hoy es que el aumento de la carga fiscal obliga a la gente a trabajar más y durante más tiempo solo para conservar el nivel de vida actual.

Antes, como respuesta al aumento de impuestos, empresas y personas se iban a la sombra: efectivo, pagos P2P, distintas vías de escape. Ahora es más difícil. Los bancos preguntan: ¿de dónde salieron estas 15.000 grivnas?, ¿qué son estas 20.000? Los bancos ucranianos ya han pasado a reglas internacionales. La administración tributaria ve cada vez más ingresos de ciudadanos y empresas. Desde el 1 de enero de 2027, el fisco recibirá regularmente información no solo de OnlyFans, sino también de otras plataformas internacionales donde los ucranianos venden algo o intentan ganar dinero extra. Es mucho más difícil esconderse. Habrá que pagar impuestos.

Pero los niveles impositivos europeos en un país con catástrofe demográfica y clima de inversión turbulento golpean precisamente a quienes crean PIB. La gente se va, los negocios se van, la base fiscal se reduce. En respuesta, el Estado sube aún más los impuestos y amplía la base imponible, empujando a más personas y empresas fuera de Ucrania.

Para que el bloque fiscal no suene unilateral, hay un matiz reciente en el que tengo esperanza. El Estado no solo aprieta tuercas; también intenta colgar una zanahoria para las inversiones de largo plazo de la población. En la Rada se registró el proyecto de ley 15314 sobre cuentas personales de inversión. La idea es simple: una persona residente abre una cuenta especial y, a través de ella, invierte en instrumentos ucranianos del mercado de capitales. Si el dinero permanece allí al menos 1.095 días, casi tres años, la renta de inversión, dividendos e intereses no tributan. Si se retira antes de tiempo, se pierde el beneficio y se paga completo.

Se podrá ingresar hasta 10.000 euros al mes en esa cuenta. Una cuenta. Instrumentos ucranianos. Las sociedades de inversión actúan como agentes fiscales e informan a la administración tributaria. En esencia, el Estado ofrece un buen trato: den a la economía inversión de largo plazo, actúen de forma declarada, asuman el riesgo ucraniano, y yo no tocaré sus beneficios de inversión.

Es una experiencia internacional. Ha funcionado en otros países y puede funcionar en Ucrania. Espero que la ley sea aprobada. Realmente podría devolver vida al mercado de capitales ucraniano. Pero hay que recordar: impuesto cero no significa riesgo cero. Y por ahora es solo un proyecto, no una ley.

Incluso con todos estos aumentos fiscales y con la ampliación de la base imponible, el presupuesto sigue sin cuadrar. Todo el ajuste fiscal aporta en 2027 alrededor de 120.000 millones de grivnas, mientras que el déficit presupuestario es de unos 2 billones de grivnas, alrededor del 18% del PIB. Además, en ese déficit están curiosamente previstos los gastos militares de Ucrania: 2,8 billones de grivnas frente a 4,4 billones en el año actual. Es decir, las autoridades están incorporando al presupuesto la hipótesis de que el próximo año no habrá guerra. Si la guerra continúa, el gasto real en guerra será mayor y el déficit también.

Sin ayuda occidental, no hay forma. Un déficit de 2 billones de grivnas son unos 40.000-45.000 millones de dólares. ¿Quién puede cubrirlo? Solo la Unión Europea.

Imaginen una familia que cada año gasta casi una quinta parte más de lo que gana. ¿De dónde sale el déficit? De la guerra. Los impuestos cubren la parte civil de la economía. La parte militar la cubre la ayuda de la Unión Europea. Europa puede decir otra cosa, pero la realidad es esta.

¿Qué significa esto para nosotros? Si trabajamos de forma declarada, somos presa del sistema fiscal. ¿Qué puede hacer una empresa? Subir precios, porque si no, ¿de dónde pagará impuestos más altos? Las empresas trasladan los impuestos a los consumidores, y eso elevará la inflación. Pero no todos sobrevivirán: no todos los consumidores podrán pagar precios más altos.

4. La montaña de deuda y la mina cambiaria

El agujero del presupuesto se cubre con deuda. La deuda pública de Ucrania ya está en zona de máximos históricos y supera el PIB. En la nueva declaración presupuestaria, el propio gobierno prevé que llegue aproximadamente al 106% del PIB a finales de 2026 y al 113% a finales de 2027. El país debe más de lo que produce en un año.

El peligro no está solo en el tamaño de la deuda, sino en su estructura. El 79% de la deuda pública de Ucrania está denominada en divisas: euros y dólares. Los impuestos se recaudan en grivnas. La Unión Europea es hoy el principal acreedor, con alrededor del 40% de la deuda. Ucrania está atada a la Unión Europea. Quien paga, manda.

Mientras el tipo de cambio de la grivna es estable, todo va bien. Pero en cuanto la grivna se debilita, la deuda crece en términos de grivnas, aunque en dólares no haya cambiado ni un céntimo. Esperamos que la grivna se debilite este año al menos hasta 46 grivnas por dólar. Es una previsión de mercado, no una profecía. Desde el punto de vista del mercado, la grivna probablemente debería estar más débil, quizá a 50 por dólar, pero se la contiene. El Banco Nacional tiene reservas para contener la devaluación.

También hay una lógica presupuestaria. La principal ayuda llega desde el exterior en moneda extranjera, sobre todo en euros. A Ucrania le conviene devaluar un poco la grivna, convertir esa ayuda a un tipo más alto y cerrar así un mayor volumen del agujero presupuestario en grivnas.

Es revelador que incluso en el escenario optimista, donde la guerra termina el próximo año o quizá a finales de este, se incorpore un debilitamiento adicional de la grivna. El tipo medio pasa de 44 grivnas por dólar a 51 en 2029. Por supuesto, esto es tomar los deseos por realidades. Creo que todo será distinto: o mejor, si empieza la reconstrucción, si el sistema no la bloquea, si entra mucha divisa extranjera y el déficit presupuestario se reduce de forma brusca; o peor, si la guerra continúa, el sistema sigue saqueando la economía y aparecen de nuevo todas las enfermedades tradicionales.

En cualquier caso, una grivna más débil es hoy el plan base. La devaluación gestionada ayuda a las exportaciones, pero al mismo tiempo encarece la deuda pública.

No hace falta gritar que todo está perdido. No es el apocalipsis. Una parte importante de la deuda — esos mismos créditos de la UE que representan cerca del 40% — se devolvería estructuralmente con futuras reparaciones rusas, no del bolsillo de los contribuyentes ucranianos. Si se excluyen esas obligaciones, la deuda depurada se estabiliza alrededor del 81% del PIB. Por eso 106% o 113% no es el fin del mundo. La deuda es grande, demasiado grande. Ucrania aguanta tranquilamente un 40%; un 80% es mucho y habrá que trabajar para reducirlo. Pero no es una espiral sin salida. Lo importante es que Rusia pague por lo destruido.

Si juntamos el bloque fiscal y el de deuda, el cuadro es este: el Estado exprime con impuestos una base que se estrecha y, al mismo tiempo, se endeuda más. ¿Por qué ambas cosas a la vez? Porque la guerra cuesta más de lo que el país alcanza a producir. Los impuestos son la hoja interna. La deuda, la externa. Son dos puertas de una misma trampa fiscal. Toda la construcción se sostiene exactamente mientras llega dinero de fuera.

¿Qué significa esto para nosotros? El colchón en divisas no es amor al dólar. Es un seguro frente a cómo está estructurada la deuda del propio país. Si Ucrania depende en gran medida de ayuda internacional, nosotros también necesitamos ese seguro. Tener moneda extranjera es imprescindible para quienes tienen ahorros para más de uno o dos meses.

5. La vieja economía: grano, metal, puertos

Antes de la guerra, la vieja economía ucraniana se apoyaba en tres pilares: grano, metal y tránsito. Ese apoyo no ha desaparecido. Al contrario, durante la guerra se volvió aún más importante, aunque el tránsito ahora casi no existe. El grano y el metal siguen siendo la base de los ingresos en divisas.

La venta de productos agrícolas al exterior es la principal fuente de divisas, más de la mitad de todas las exportaciones. La misma divisa en la que tenemos la deuda pública. Pero ahora el grano ya no es simplemente grano. Es puertos, defensa aérea, seguros, logística, electricidad y voluntad política de los socios para mantener abierto el corredor marítimo.

Todo el mineral de hierro y más del 90% de las exportaciones agrícolas pasan por tres puertos del hub de Odesa. Precisamente allí está golpeando Rusia en los últimos meses. Rusia ha intensificado de forma brusca los ataques contra infraestructura portuaria, terminales de grano y depósitos de aceite de girasol.

El resultado ya se ve en las exportaciones. A mediados de mayo, la exportación de grano había caído alrededor de un 16%. Las exportaciones de mineral de hierro en los primeros meses del año cayeron más de un 30%. La mayor asociación agraria dice que la situación en los puertos de la región de Odesa ha llegado a un punto crítico.

¿Por qué esto golpea mucho más allá de los silos? Caen las exportaciones por puertos, cae la entrada de divisas. Menos divisas significa una grivna más débil. Se vuelve más difícil pagar importaciones: combustible, armas, equipos. El Banco Mundial estima la recuperación del sector transporte en casi 96.000 millones de dólares, y alrededor del 60% de esas pérdidas está vinculado precisamente con el acceso interrumpido a los puertos.

La vieja economía no desapareció. Se volvió muy vulnerable y se convirtió en otro objetivo militar.

¿Qué significa esto para nosotros? La estabilidad de la grivna y la disponibilidad de importaciones descansan literalmente sobre tres puertos bajo ataques constantes. Es otro argumento a favor de la diversificación en divisas y contra la apuesta de que el tipo de cambio siempre será más o menos el mismo.

6. Energía: el frente económico más importante

Hay una fuerza capaz de anular un puerto, una fábrica y el presupuesto en una sola noche. Son los ataques contra la energía. Probablemente sea el frente económico más importante de esta guerra.

Rusia golpea sistemáticamente el sector energético desde el primer año de guerra. Según la Agencia Internacional de la Energía, cerca de la mitad de la capacidad de generación ucraniana fue destruida, dañada o quedó en territorio ocupado ya en 2022-2023. No es un daño colateral. Es una estrategia directa de Rusia: quitarle a la economía ucraniana su apoyo y congelar a la gente y la economía en invierno.

En otoño de 2025, los ataques pasaron al gas. Después de los ataques de octubre, alrededor del 60% de la producción propia de gas quedó fuera de servicio. Gas en invierno significa calefacción. Por tanto, el gas debe comprarse urgentemente en el exterior, en dólares, inflando el déficit y la deuda en divisas.

Volvemos a la imagen inicial: 9,5 horas sin luz en Kyiv en diciembre forman parte del frente energético. En la vida cotidiana de invierno, el pico de consumo requiere unos 18 GW. En el mejor de los casos, ahora hay disponibles 12-13 GW. La diferencia se cubre con importaciones y cortes de luz. Los ascensores se detienen, el agua desaparece, las empresas dependen de generadores y pagan tarifas muy altas.

El FMI y el Banco Nacional recortaron la previsión de crecimiento económico al 1-1,5%. La razón oficial número uno es la degradación de la energía. Una fábrica que permanece un tercio del día sin electricidad no produce nada. No es un riesgo abstracto: es una resta directa del PIB.

Una sola fuerza golpea desde cuatro lados: frena el crecimiento; eleva los costes de importación y el déficit de divisas; exige dinero para la restauración; y determina cómo vive la gente cada día.

Sí, Ucrania logró adaptarse. No son solo generadores, también acumuladores. Yo, por ejemplo, tengo dos EcoFlow que pueden mantener la casa durante un día. Ucrania aumenta las importaciones desde la UE, construye una nueva línea con Rumanía, refuerza nodos de la red. La defensa aérea y el sistema energético resultaron más resistentes de lo que muchos esperaban, incluida Rusia.

Pero un sistema resistente no es un sistema sano. Cada invierno es ahora un juego de supervivencia, no de recuperación.

¿Qué significa esto para nosotros? Un generador y una batería, tanto en el plan de negocio como en casa, ya no son un seguro «por si acaso». Son una partida de costes. Cualquier modelo de negocio en Ucrania debe incorporar ahora el precio de la energía autónoma. Y no son dos céntimos. Quien no lo incorpore corre el riesgo de irse a pique y arruinarse, como muchos cafés y restaurantes este invierno.

7. El nuevo tigre digital: IT y MilTech

Si el viejo apoyo está bajo ataque, ¿sobre qué puede crecer Ucrania hoy? Hace 10 años la respuesta era casi una sola: IT, el tigre digital. Parecía que Ucrania iba a inundar el mundo con su IT, y que eso se convertiría en la principal partida de exportación. Pero han pasado 10 años.

El IT no ha muerto. En 2025, las exportaciones de servicios IT crecieron un 3%, hasta 6.600 millones de dólares. Es menos que el pico de 2022, pero no es cero. Muchos especialistas IT se fueron, muchos fueron despedidos, y el peso del IT en la economía cayó del 4,4% al 3,9%. No porque el IT se haya derrumbado: el sector es resistente y se adapta. Simplemente, otros sectores crecen hoy más rápido.

En cuatro años, Ucrania construyó una industria de defensa con capacidad de unos 50.000 millones de dólares. Es un crecimiento de unas 50 veces: alrededor de 1.000 millones en 2022, 3.000-6.000 millones en 2023, alrededor de 10.000 millones en 2024, 35.000 millones en 2025 y 50.000-55.000 millones esperados en 2026. Hoy los productores ucranianos cubren más de la mitad de las necesidades del ejército.

Y aquí vuelve el bucle del inicio. La industria llamada la mayor del país es MilTech. No hay tragedia en esto, hay una oportunidad. En cuatro años, Ucrania ha hecho lo que a países normales les lleva décadas: construir una nueva industria sobre dolor, impulso y rabia.

Ya no son especialistas IT escribiendo código para corporaciones extranjeras. Son ingenieros que rediseñan un producto en una semana porque ayer no sobrevivió en el frente. Es investigación no en un laboratorio, sino en la línea de contacto. Una ventaja competitiva estremecedora por su naturaleza, pero ventaja al fin y al cabo.

Esto ya no va solo de defender el propio país. En 2026, Ucrania empezó a exportar tecnologías de defensa: se abren 10 hubs de exportación en Europa, se lanzan líneas de ensamblaje de drones en Alemania y Reino Unido, y casi todos los días aparecen noticias de nuevos acuerdos. El modelo es inusual: no se vende un producto acabado, sino un ecosistema vivo: patrones de producción, ingeniería, bucle de retroalimentación desde el frente. Un nuevo tigre digital, solo que con uniforme.

Pero este motor tiene un enemigo que no se puede derribar con un dron. Y no es Rusia. Son permisos, licencias, impuestos y el miedo de los funcionarios a soltar de debajo de sí a un tigre tan cómodo y rentable. La costumbre del Estado de controlarlo todo primero y pensar después no ha desaparecido. Incluso se ha reforzado durante la guerra, se ha convertido en reflejo.

La mecánica es concreta: obtener permiso para exportar drones y equipos de doble uso es casi imposible. Las pequeñas empresas se queman antes de salir al mercado, aunque la demanda exterior crece. Y las autoridades también discuten un impuesto a las exportaciones de defensa.

¿Por qué lo más grande y lo más frágil son la misma industria? Si se deja respirar al sector, si se le dan reglas predecibles y libertad de exportación, se obtiene acceso a capital y un motor exportador de alto valor añadido. El sector de defensa es uno de los más rentables para la economía nacional de cualquier país. Por él se pelea y se lo protege. Europa se está rearmando y necesita tecnologías baratas y probadas en combate.

Pero si vencen las barreras, la dependencia del pedido estatal y los impuestos adicionales, el campeón será estrangulado en la cuna. El motor de la economía ya existe. La pregunta es una: ¿lo dejará funcionar el sistema? ¿O querrá apropiárselo, como siempre?

8. El mundo exterior: UE, dinero y dolor de reglas

La última fuerza que influye en todo esto es el mundo exterior.

El 15 de junio de 2026, la Unión Europea abrió oficialmente el primer clúster de negociación de adhesión con Ucrania y Moldavia: Estado de derecho, sistema judicial, contratación pública, control financiero. La puerta que estuvo cerrada dos años se entreabrió oficialmente. Es una decisión de la UE, pero políticamente fue posible solo después de que Hungría retirara el bloqueo. La llave de la integración europea se abrió en Budapest después de las elecciones.

Aquí quiero poner el acento no en la fórmula «nos aceptaron», sino en otra cosa. Para la economía, la Unión Europea no son banderas azules con estrellas amarillas en una rueda de prensa. Son reglas, dinero y dolor.

Cuando Ucrania decidió en 2013 avanzar hacia la Unión Europea, fue una decisión de ir hacia reglas europeas. Si Ucrania hubiera elegido la Unión Aduanera —lo que llamo con sorna la unión «taiga»— con Rusia, habría elegido reglas rusas. Ucrania eligió reglas europeas. No los funcionarios, muchos de los cuales hoy están fugados o quién sabe dónde, sino el país.

¿Por qué es importante? Tribunales, corrupción, contratación pública, competencia: todo esto deja de ser una disputa interna ucraniana y se convierte en billete de entrada al club de los negocios normales.

Dinero, porque sin ancla europea no llegará capital privado honesto para la reconstrucción. Dolor, porque parte de los viejos esquemas simplemente no sobrevivirá al acercamiento a la Unión Europea. La integración europea no es simplemente «nos aceptaron». Es «nos obligarán a convertirnos en otro país». No es un eslogan, es dinero con condiciones.

El crédito de la UE por 90.000 millones de euros son 30.000 millones de ayuda económica y 60.000 millones para la industria de defensa. Se espera devolver ese crédito con futuras reparaciones rusas. El presupuesto militar y el déficit se cubren con reparaciones.

La parte sobria es esta: el propio ejemplo húngaro muestra que el camino de Ucrania hacia la membresía plena puede llevar 10-15 años. No hay una vía rápida. Teóricamente, el veto puede volver. Es un maratón, no un sprint.

Es importante no caer en el apocalipsis. Ucrania no es un país que finge ser un Estado, como intenta presentarlo el Kremlin. El sistema bancario, normalmente el más sensible a riesgos militares, sigue siendo rentable, líquido y bien capitalizado. Los créditos problemáticos están cerca de mínimos históricos. La regulación bancaria ya está alineada en casi un 78% con las normas de la Unión Europea, y el sector asegurador en torno al 55%, con el plan de llegar a estándares de la UE en 2028.

Esto no es la imagen de un país derrumbado. Ucrania es una construcción mucho más compleja: un país que a la vez combate, se endeuda, reforma, repara la energía y construye una industria de defensa. Precisamente por eso es tan difícil analizar Ucrania. No es negra ni blanca. Está viva.

Quién paga todo esto

Ahora que hemos recorrido todas las fuerzas — guerra, demografía, impuestos, deuda, vieja economía, energía, MilTech y mundo exterior — toca reunirlas en una sola imagen.

Volvamos al acertijo del principio: si todo es estable, ¿por qué el ascensor no funciona en invierno y por qué un café llena de diésel su generador?

La respuesta es esta: hay estabilidad, Ucrania realmente aguanta. Pero no aguanta sola. Nos sostiene el mundo exterior con dinero de la UE garantizado por activos rusos; los contribuyentes, con impuestos crecientes; las empresas, con costes crecientes; las familias, con emigración y salud; las generaciones futuras, con deuda; y el Estado, con dependencia de la Unión Europea.

Quita cualquiera de estas manos y la cuerda por la que camina el funambulista se moverá. Y puede moverse dolorosamente.

Recordemos los 588.000 millones de dólares necesarios para la reconstrucción. Ni los impuestos, ni los créditos de la UE, ni la deuda por sí solos cubren esa suma. ¿Quién organizará el banquete de 588.000 millones? La matemática solo cuadra si se juntan tres fuentes: activos rusos congelados, subvenciones occidentales estables e inversión privada.

Los activos rusos congelados son unos 300.000 millones de dólares, pero la Unión Europea ya se ha reservado más de 90.000 millones. A Ucrania quizá le lleguen 100.000-200.000 millones en el mejor de los casos. Claramente no alcanza. ¿Subvenciones occidentales estables? Estados Unidos no arde en deseos. Europa quizá aporte. La inversión privada llegará solo con garantías de seguridad y un clima inversor claro. El capital privado entra donde es rentable.

La reconstrucción de Ucrania no es una cuestión de obras. Es una cuestión de quién invertirá el dinero.

Según el jefe del Banco Nacional, la ayuda exterior se reducirá: este año 53.000 millones de euros, el siguiente 42.000 millones, en 2028 22.000 millones. El gotero se va retirando poco a poco. En su lugar debe entrar capital privado. Y el capital privado necesita infraestructura, reglas y seguridad. Todo vuelve otra vez a la cuestión de la paz.

En la declaración presupuestaria para 2027-2029, el Gabinete de Ministros construyó dos escenarios oficiales: la guerra termina o la guerra continúa. A juzgar por las cifras, el escenario base elegido es el fin de la guerra. Incluye 2,8 billones de grivnas de gasto militar en 2027 y la reducción del déficit presupuestario hasta el 5,5% del PIB en 2029. Se espera aceleración del crecimiento económico.

Pero incluso en ese caso la deuda pública sigue alta, la grivna se devalúa, y resulta que incluso con tregua no será fácil. Las deudas no desaparecerán, y quién financiará la reconstrucción de Ucrania sigue sin estar claro. De eso dependerá también el tipo de cambio.

Tres escenarios

Primer escenario: incertidumbre congelada. No hay arreglo, la guerra arde lentamente, continúan los ataques a la energía, la deuda de Ucrania crece, la demografía sangra, MilTech crece pero está atrapado por el sistema y por falta de dinero. En este caso la economía es estable, pero estable con gotero. Crecimiento del 1-2%, y cualquier golpe sacude la cuerda. La parte de economía militar crece, la parte civil baja. Es, en esencia, la continuación de lo que vemos ahora.

Segundo escenario: tregua gestionada más reconstrucción. Es el escenario optimista: congelación a lo largo de la línea actual de contacto, garantías de seguridad, llegada lenta de dinero para reconstrucción, retorno parcial de personas, aceleración de la integración europea, giro de MilTech hacia exportaciones y tecnologías civiles. Es el escenario de reconstruirse de nuevo, de reensamblar Ucrania. Pero incluso en él, los 588.000 millones de dólares para reconstrucción se cubren solo mediante activos de Rusia, subvenciones e inversión privada bajo garantías estatales. Sin paz, esto no arranca.

Tercer escenario: ruptura y cansancio de Occidente. Estados Unidos ya se ha apartado. Europa sigue con nosotros, pero tiene elecciones el próximo año y puede haber recorte de la ayuda internacional o giro político. Si AfD llega al poder en Alemania, si la derecha llega en Francia y otros países, pueden cortar el gotero financiero. Entonces son posibles una crisis fiscal, una devaluación forzada y la activación de la mina cambiaria, formada por la enorme deuda pública en moneda extranjera: el 79% en divisas. Entonces vendría una nueva ola de salida de ucranianos y nuevos problemas presupuestarios. Es un riesgo de cola, hoy poco probable, pero con consecuencias durísimas.

Esperamos el escenario número dos: tregua, reconstrucción, reinicio del sistema ucraniano e integración en el sistema europeo. Sí, Europa también tiene problemas, pero ojalá nosotros tuviéramos sus problemas. Nos preparamos para el primer escenario: continuará lo que continúa ahora, por tanto hay que prepararse para un invierno difícil. Y, por si acaso, mantenemos en mente el tercer escenario: si en Europa cambian los gobiernos y nos desconectan del apoyo, entonces habrá que negociar la paz en condiciones del enemigo, o habrá una situación muy dura.

Qué hacer personalmente: dinero, ahorros, vivienda

¿Qué hacemos con todo esto como inversores y ahorradores? Es un marco para una decisión propia, no una recomendación de inversión, porque no conozco la situación personal de cada uno.

La conclusión principal: un país con deuda en moneda extranjera, dependencia externa y agujero demográfico no perdona la concentración del capital. No mantengan toda la vida en una sola moneda, un solo sistema bancario, un solo piso y una sola esperanza en la pensión pública.

La moneda en la que ahorras debe coincidir con la moneda en la que vas a gastar. El capital personal para la jubilación, con una relación de un trabajador por un pensionista, ya no es un lujo. Es una necesidad.

¿Reconstrucción y defensa son interesantes para invertir? Tal vez, el potencial es grande. Pero para un inversor privado aún es algo ilíquido, difícil de acceder y demasiado arriesgado. Observar, sí, es interesante. Apostar la pensión a eso, no por ahora. Espero que se lancen cuentas personales de inversión, que aparezcan reglas normales para MilTech y para la energía privada. Hay muchas oportunidades ahí, pero para eso hacen falta reformas sistémicas, incluidas garantías de derechos de los inversores. Entonces será interesante para invertir.

Los bonos internos del Estado en grivnas son un buen instrumento de ahorro si se vive en Ucrania. Para inversión a largo plazo, no: nadie ha cancelado los riesgos de devaluación.

La vivienda es el modo favorito de ahorro de los ucranianos. La lógica siempre fue simple: apareció dinero, compré metros cuadrados. Por ahora el mercado sostiene esa fe: en regiones seguras y en Kyiv los precios no caen, sino que suben un 10-15% al año. Aunque ya escucho de agentes inmobiliarios que el mercado se ha parado, la demanda se ha congelado.

Aquí vuelve el mismo problema: cuanto más recauda el Estado en impuestos, más difícil resulta a la gente acumular ahorros. Crece la fiscalización de la economía, se endurecen las reglas para dinero sin efectivo y efectivo, todo eso limita la demanda. Hoy la demanda se sostiene por programas estatales como eOselia y por el déficit causado por vivienda destruida. Pero apareció un nuevo estándar de calidad: pisos que funcionan durante apagones, con alimentación de reserva y agua, se venden más rápido y más caros. Hay pocos pisos así. El parque residencial principal son edificios de la era Jrushchov y bloques de paneles. Allí la demanda ya es otra.

El mercado inmobiliario dejó de ser uniforme. Un metro cuadrado puede variar mucho de precio según el lugar y el edificio. En Ucrania la situación se volvió más difícil también por la demografía. Kyiv absorbe gente de ciudades del frente, pueblos y pequeñas localidades que literalmente se despueblan. En Kyiv, quizá comprar aún sea lógico: Kyiv sobrevivió a los mongoles. Con otras ciudades la pregunta es más complicada.

Con una tregua puede haber un salto de demanda aplazada del 15-20%. Con una escalada, al revés. Cualquier desestabilización cambiaria también reduce la demanda.

Lo principal sobre la vivienda: psicológicamente es fiable, es ladrillo. Pero es ilíquida. No puedes llevártela contigo. Es propiedad inmueble, inmóvil. No se puede vender rápido en un país con guerra, deuda en divisas y agujero demográfico. Mantener todos los ahorros en vivienda es apostar por la esperanza, no calcular seguridad.

Volver o no volver

La pregunta más personal es si volver o no. No voy a responderla deliberadamente. Se trata de su seguridad y de su familia. Ni yo ni nadie tiene derecho a decidir por ustedes.

Pero, sinceramente, esperar claridad perfecta no tiene sentido. No llegará. La decisión habrá que tomarla en la niebla, sopesando factores: la trayectoria de seguridad; la cuestión de una tregua; los ingresos en Ucrania; si tienen trabajo allí; si tienen trabajo en el país de residencia; qué piensan de sus hijos, dónde estudiarán mejor, dónde es más alto el nivel educativo; qué pasará después; si les conviene más la fiscalidad en Occidente o en Ucrania; los plazos y condiciones de protección temporal en la UE; la situación de movilización; la familia; la vivienda; el 14% del parque residencial de Ucrania está dañado; las escuelas; la integración de los hijos; y, siendo honestos, en qué país quieren vivir la mayor parte de su vida.

Es una cuestión compleja. Siempre parece que en otra parte se vive mejor. Si uno viaja y habla con la gente, ve que en muchos países no se vive mejor que en Ucrania. Cada país tiene sus manías. Ucrania no es el peor país por geografía, clima y muchos otros parámetros. Debido al gran agujero demográfico, aquí no hay problema para encontrar trabajo. Sí, puede haber problema para encontrar trabajo que a uno le guste. En Ucrania todavía hay buena educación y buena medicina, aunque también hay problemas, y no todas las reformas van en la dirección correcta.

Todas las expectativas de recuperación de Ucrania descansan sobre el supuesto de que volverá aproximadamente la mitad de quienes se fueron. Pero existe la psicología de la ventana: cuanto más tiempo vive una persona en el extranjero, menor es la probabilidad de que vuelva. Los hijos se integran en la escuela local, aparece un trabajo, la persona echa raíces, se acostumbra.

La decisión profundamente personal de «volver o no volver», multiplicada por millones de personas que se han ido, es la demografía. La macroeconomía es la suma de decisiones personales de millones de personas: quienes se fueron y quienes se quedaron.

A menudo me preguntan por mis expectativas sobre la guerra. Sinceramente: nadie sabe cuándo terminará. Los distintos lados tienen intereses distintos y capacidades distintas. Hay que estar preparado tanto para que la guerra termine este año como para que no termine en otros 10 años. Hay que estar preparado para todo.

Por eso ahora hay que hacerse otra pregunta: cuando empiece la reconstrucción, ¿quién vivirá en este país reconstruido? ¿Quién pagará impuestos? ¿Quién devolverá las deudas acumuladas durante la guerra y bajo presidentes anteriores? ¿Quién poseerá los activos cuando empiece la reconstrucción?

Ucrania aguanta. Pero estabilidad no significa que todo esté bien. Ucrania cambia y se reforma, pero eso tampoco significa que todo esté bien y sea predecible. Ucrania puede convertirse en una de las historias de reconstrucción más interesantes de Europa, pero solo si la gente, el dinero, la energía y, sobre todo, el sistema resultan más fuertes que el cansancio, la deuda y el miedo, y quieren vivir en un país nuevo.

En mi opinión, el principal enemigo de Ucrania es el sistema. Si cambia, estaré tranquilo por la economía de Ucrania y por nosotros. Entonces todo estará bien.

Que llegue pronto la paz y la victoria de Ucrania.

Este material es una adaptación editorial de una intervención pública de Erik Naiman publicada en el canal de YouTube HUGS.FUND. El autor de la intervención original y la fuente se indican al comienzo de la publicación. Este material no es una transcripción oficial y no implica afiliación, colaboración ni aprobación por parte de HUGS.FUND o Erik Naiman.

Este material se publica exclusivamente con fines analíticos e informativos.
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